El pepino orgánico y la aleatoriedad de los acontecimientos

El pepino orgánico y la aleatoriedad de los acontecimientos

Cada capítulo diario de nuestra historia se basa en una sucesión de hechos aleatorios, que, por mucho que queramos planificar, es imposible escaparse a la improvisación del destino, a la casuística de lo inesperado o a la novedad que incluso toda rutina nos regala.

Seguramente podemos definir unos patrones de actuación y comportamiento. Nos levantamos más o menos a la misma hora, nos dirigimos al mismo centro o área de trabajo, los niños al mismo colegio, etc, etc, etc. Pero, aun así, en esas repetitivas acciones, los elementos con los que interactuamos varían inevitablemente. Diferentes coches, diferentes conductores, variados peatones, caras nuevas en el metro, en la calle, aunque sea siempre “en el mismo lugar y a la misma hora”.

Creo que es bueno tener la referencia de una rutina para poder saltártela y disfrutar de la novedad y lo original. Un orden para permitirte un caos o una disciplina para presumir de anarquía, si no, el desastre está garantizado. Cuando vives el espíritu de la revolución veinteañera te agobias en ese intento de conseguir la libertad porque sí, porque parece que está ahí, sin que tengas que trabajarla, y, como es imposible per sé, te pierdes en el idealismo de lo reaccionario.

Cuando los veinti…y… los multiplicas por dos, te has dado cuenta, de que la libertad es el resultado de la disciplina. Y no sólo no te importa, si no, que te gusta, porque te ubica y porque ya no tienes que justificar tu idealismo.
Descubres que el significado de libertad, en minúsculas, se queda en un simple “hacer lo que te dé la gana” y cuando te enamoras de la Libertad, en mayúsculas, la esencia se convierte en la libertad como sinónimo de capacidad de decidir. Eres libre cuando puedes tomar decisiones y ser responsable de ellas.

Como la libertad y la responsabilidad al final cada uno la querrá entender como considere, el gatito, estaba empezando su historia alucinada con la de cosas nuevas que pasan todos los días aun haciendo las mismas cosas. Como gata curiosa y snoopy, soy de las que me gusta ir a los mismos sitios por caminos diferentes. Recuerdo una larga temporada que viví en el norte de España, una zona y una época en la que los atentados terroristas, podían ser frecuentes. Entender este fenómeno sería otro tipo de relato, y como se me escapa la dimensión analítica de esas décadas de terror, quien quiera profundizar en el sentimiento de ese desastre (no en los datos), debería leer la magnifica novela de Fernando Aramburu, “Patria”.

El gato era más simple, al gato lo que le gustaba, y para enganchar con el hilo de lo que iba diciendo, era ir al mismo sitio de trabajo por lugares diferentes. Una vez atravesando el campus de la universidad, otra directamente por la autovía, sobretodo si iba justa de tiempo, otras por el medio de un pueblo en el que siempre había peregrinos del camino de Santiago. La misma rutina, ir al trabajo, la convertía en diferentes capítulos con diferentes personajes. Un día, comentándoselo a una de mis compañeras de trabajo, fulanita, hoy he venido atravesando Cizur… Fulanita, que vivía cerca de mí, con cara de rara me dijo, ¿y, eso…? Si es mucho más largo… Mucho más largo quería decir 7 minutos. No, hombre (aunque era mujer), no sé, yo que sé, me gusta cambiar de ruta, no todos los días, pero sí de vez en cuando… Entonces fulanita cambió su expresión de rara a admiración y me saltó con un inesperado… ¡ah! Claro, lo haces por seguridad… Yo creo que también debería de hacerlo…

En esa época de atentados, a los potenciales objetivos les recomendaban no tener las mismas rutas ni rutinas diarias, yo, os puedo asegurar, era lo más alejado de un objetivo terrorista. Aunque le dije que no tenía nada que ver con eso, tampoco continué la conversación, y sí con mi rutina de rutas diferentes durante los más de cinco años que viví por allí. Era un gato en el verde, gris y frío norte. Ahora soy un gato en el anaranjado, azul y enigmático desierto.

Siguiendo con la aleatoriedad de los hechos y el por qué de su de repente coincidencia en el tiempo, es otra de las cosas que me dejan expresivamente patidifusa. Por ejemplo, cómo un pepino orgánico, literal, me salvó una presentación comercial… y por qué tuvo que pasar todo por casualidad, pero con un fin…

En el desierto donde vivo, los fines de semana son los viernes y los sábados, y, el primer día laboral, los domingos. Normalmente, mi rutina de sábado es playa total. Y en mi rutina de playa, soy de libro. Si voy con amigos, pues charlita, tapita y bañitos, y, si voy sola, paseos por la orilla, bañito y tumbada boca arriba un rato, boca abajo, otro. De libro, en serio. Y tan tranquila volviendo ya a casita, me pasé por el supermercado, de siempre, para hacer mini comprita de picoteo de por la tarde. Whatsapp a mi amiga que vivíamos juntas:

  • Menganita, estoy en el súper ¿te llevo algo?
  • Sí por favor, limón natural, y pepinos – Menganita es mi ángel, y la explicación del por qué merece otra historia, pero Menganita, también, es tan metódica y sujeta a parámetros fijos, que siempre me tengo que asegurar que lo que me pide es lo que me pide.
  • Limón natural, es limón natural, quiero decir, es la fruta, o es limón natural en jugo (aquí bebemos mucho lemon-mint lemon juice fresquito, fresquito para calmar la calor del desierto).
  • Gatita, qué va a ser, limón natural, natural, el que pones en el pescado.
  • O sea, la fruta – Es curioso como no todo el mundo relaciona el limón con una fruta…
  • Fruta o no, ¡¡¡con el que aliñas el pescado!!!! Nada de zumo natural.
  • Ah ya… y el pepino… ¿alguna peculiaridad? – Parece simple, pero tenía que asegurarme.
  • Sí ¡claro! Orgánico, sobre todo, y de los pequeños – Lo sabía, lo sabía, no era cualquier pepino.

Tras este whatsappeo aclaratorio entré directa a la sección organic a comprar mis primeros pepinos orgánicos de la historia, siempre los he comprado de la huerta, y, terminada con éxito la misión llegué tan contenta a casa.

  • Menganita, aquí tienes, el limón, que para tu información es fruta, y los pepinos con certificación orgánica y de tamaño pequeño como me dijiste.

Las risas de mi amiga-ángel eran tan grandes que, la verdad, no entendía nada. Madre mía el juego que da toda esta historia de lo orgánico, que yo ni entiendo ni me he enganchado a ella, prefiriendo siempre la huerta y el mercado natural.

  • ¿Qué es tan gracioso? ¿Qué he hecho mal? – Es que no paraba de reírse…
  • Dime otra vez qué me has traído, please
  • Limón natural, que es fruta, y pepinos orgánicos y pequeños… ¿no era ésto?

Para entender lo siguiente, tenemos que hablar en inglés, que es el idioma principal en el que nos entendemos en el desierto (muy pocos hablamos árabe, que deberíamos). ¿Quién no recuerda – y quien no lo haga que googlee porque es épico – el discurso de José Luis Garci, primer director español en ganar un Oscar en 1983, con la perfecta definición del Spanish way of doing things? Cosas muy bien hechas, él estaba ganando un Oscar, y yo había hecho mi compra a la perfección, con perdón de la diferente dimensión de los logros de ambos, pero a nuestra manera, él dando el discurso en inglés con la más Spanish pronunciation que jamás hayáis podido ver hasta que llegué yo pronunciando pepino a mi manera.

Al principio pensé que se reía tanto por el tamaño, he, he, eran pequeñitos, y a mí esas tonterías, he, he, es que todavía me hacen gracia… he,he mira qué pepino tan pequeño, he, he, he… y me entra una risa tonta que no puedo parar.

Pero ante su insistencia de que le repitiese qué le había traído, entendí que la risa venía por mi peculiar manera de pronunciar inglés, reconozco que cuando en trabajo, bastante buena, pero cuando relajada en ámbito personal, homenajeo al fantástico Garci y se me escapa algún que otro palabro a lo Spanish way.

  • “Kakamber” (cucumber), te he traído “kakamber” y, además, del orgánico, como me has pedido, y además pequeñito… hehehehehehehehe…
  • Ay… gatita, gatita… Kuikamber, me has traído kuikamber no kakamber.

Respiré ya tranquila, y todo ésto no tendría ni tanta ni más importancia si no llega a ser porque al día siguiente, el pepino, iba a ser protagonista de una importante presentación comercial que iba a tener, y yo, no lo sabía.

Efectivamente, mi equipo y yo, tuvimos una reunión con uno de los potenciales clientes que más nos interesaba incorporar a nuestra cartera. Uno de esos clientes más in que llevas persiguiendo y se te resiste, y esta vez teníamos la intuición de que sí, era nuestra oportunidad. Presentamos muy bien, conectamos también muy bien, y cuando ya estábamos a punto de terminar, nuestro casi ya cliente nos pregunta… ¿tenéis sabor pepino? (en inglés, claro) Y es que la tendencia en coctelería pasa por mezclas suaves y frescas de gin con sabores tan curiosos como ginger, violeta y ¡¡¡¡¡¡pepino!!!!!! Fue la mía… Con mi más perfecta British pronunciation, que a veces me sale, le dije que evidentemente sí, y que la calidad de la mezcla con nuestro producto de “kjukʌmbə” ¡toma ya! Le garantizaría el sabor que necesita para sus clientes.

He, he, me hubiese encantado bromear y decirle, claro que lo tenemos, ¿lo quieres, orgánico o de huerta? o mejor, hehe ¿lo quieres grande o pequeño? hehehehehehehehehehe… Pero no hubiese entendido mi sentido del humor. Y además, era hombre, y ya sabemos que, lo de los tamaños, es algo que puede resultar muy sensible.

Resumiendo, las cosas pasan, y a nosotros, nos toca tener la capacidad de entenderlas y de saberlas relacionar para que adquieran la dimensión total del conjunto. La única lección que me va quedando clara cuantos más años voy cumpliendo es que sólo el paso del tiempo nos ayuda a dimensionar el significado de nuestro día a día. Ese tiempo que a veces se nos hace eterno, maldiciendo el por qué de todo, y de repente un día, ese por qué se transforma en un para qué, y esa medida del tiempo que se nos hacía interminable, nos sorprende con un “no me he enterado”.

Por eso me gusta ser gato, para así agudizar mi capacidad de observación, para ser flexible en mis movimientos, para investigar con su mirada analítica profunda, para agradecer con su hipnotizante ronroneo de amor y para así también “pertenecer” pero con la libertad felina de su peculiar sentido de la independencia.

Siempre os observo,

A Cat in the Desert

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